La mejor inversión en educación: apoyar a docentes y líderes escolares

octubre 27, 2025

Columna de Bernardita Yuraszeck, presidenta ejecutiva de Impulso Docente y Domingo Errázuuriz, director ejecutivo Fundación Mustakis.

En Chile repetimos que la educación es prioridad. Sin embargo, pocas veces se traduce en acciones estratégicas y sostenidas que reconozcan dónde está la verdadera piedra angular o cimiento base del cambio educativo, esto es, en los docentes y en quienes los lideran.

Hoy el sistema educativo enfrenta desafíos complejos y requiere adaptarse rápidamente a un escenario global tan cambian te como el que estamos viviendo y que involucra más de un ámbito: el social, el laboral, la cohesión, la convivencia ciudadana y la tecnología.

El ecosistema de las empresas lo sabe y lo vive a diario. En el sistema educacional, no obstante, la inercia pareciera ser mayor, a lo que se suman retos históricos que aún no logramos resolver, como son las brechas de aprendizaje, la deserción de estudiantes y el educar en habilidades clave para el siglo XXI.

A esto se suma el agobio laboral que hace varios años se arrastra en una profesión poco competitiva a nivel salarial, y las pocas oportunidades de desarrollo que existen para los equipos directivos. Ahí, la tentación es buscar soluciones rápidas, pero la evidencia es clara: no es posible generar cambios perdurables sin fortalecer a quienes sostienen día a día la escuela, sala cuna o jardín infantil.

El Premio LED —liderado por Impulso Docente, en colaboración con “El Mercurio”, Fundación Mustakis y otros socios que han sido testigos de su impacto en sus tres años— ha sido una ventana única para mirar de cerca lo que ocurre en los establecimientos del país. Y lo que encontramos allí es esperanzador: directores y directoras que, a pesar de las condiciones adversas, innovan constantemente, movilizan a sus comunidades y abren oportunidades a miles de niños, niñas y estudiantes, y en contextos tan diversos como liceos penitenciarios, aulas hospitalarias, liceos técnico-profesionales o establecimientos públicos y privados en zonas rurales o urbanas.

No se trata de héroes solitarios, sino de líderes que desarrollan competencias altamente complejas, como lo son conducir equipos en contextos inciertos, relacionarse con las familias, administrar recursos escasos y, al mismo tiempo, diseñar estrategias pedagógicas que eleven aprendizajes y contengan las crisis de convivencia.

Como vemos, la tarea de un director educativo no dista en demasía a la de un gerente general de alta exigencia, con la diferencia de que aquí está en juego el futuro de cada uno de nuestros estudiantes y, por lo mismo, del desarrollo y futuro del país.

Ya hay evidencia suficiente que confirma que cada profesor que logra motivar a sus estudiantes para leer o sumar mejor, asistir con regularidad a su aula o desarrollar habilidades socioemocionales, multiplica las posibilidades de esos jóvenes para que puedan construir un futuro digno. Y cada director que inspira a su equipo, define prioridades estratégicas claras y sostiene una cultura educativa positiva, genera un impacto que se expande a toda la comunidad.

Estamos en plena campaña electoral, y la educación no puede seguir siendo un espacio de frases hechas y promesas incumplidas. Se necesitan propuestas concretas y que sean definidas no entre cuatro pare des, sino desde las comunidades educativas. Los docentes no son simples ejecutores, ni los líderes administrativos. Necesitamos reconocerlos como lo que son: profesionales estratégicos, capaces de crear soluciones adaptativas a problemas que no tienen recetas predefinidas. Por eso, invertir en ellos no es un gesto simbólico: es la política pública más eficiente para mejorar aprendizajes y, en definitiva, la cohesión social.

Las tres ediciones del Premio LED nos han mostrado prácticas concretas que, aunque pequeñas en apariencia, trans forman realidades enteras: desde aumentar la asistencia en comunidades rurales, hasta levantar proyectos interculturales en contextos insulares o recuperar la confianza de estudiantes que habían abandonado el sistema. Estos ejemplos son más que historias inspiradoras. Son evidencia de que, incluso en la adversidad, el liderazgo educativo abre caminos optimistas.

El desafío es cómo replicar estas experiencias y asegurar que no dependan solo de la voluntad y creatividad individual, sino de políticas públicas bien hechas que prioricen de verdad el desarrollo docente y directivo.

Hoy, cuando el debate educativo se llena de diagnósticos pesimistas, necesitamos recordar que siempre hay espacio para mejorar. En Chile tenemos docentes y directores llenos de coraje y determinación, que innovan en silencio, sostienen a sus comunidades y demuestran que, considerando la riqueza y particularidad de cada territorio, es posible revertir los problemas si apoyamos y tomamos la experiencia de quienes están en la primera línea.

Nuestro llamado es claro: la mejor inversión en educación no está solo en nuevas tecnologías, ni en reformas legales que tardan años en implementarse, sino en empoderar a las personas que hacen viva la escuela. Apostar por ellas, es apostar por el futuro del país. La mejor inversión en educación: apoyar a docentes y líderes escolares

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